San Lucas 2,41-52. Dios inaugura en Jesús una familia, no hecha

Religión y Creencias

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La Sagrada Familia (domingo de la octava de Navidad). Dios inaugura en Jesús una familia, no hecha de la biología sino del Espíritu: la Sagrada Familia es la…
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La Sagrada Familia (domingo de la octava de Navidad). Dios inaugura en Jesús una familia, no hecha de la biología sino del Espíritu: la Sagrada Familia es la cuna de la Iglesia, y a esta familia pertenecemos. Lectura del libro del Eclesiástico 3,3-7. 14-17a.: Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor le escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones, mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras seas fuerte. La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se te recordará y se desharán tus pecadoscomo la escarcha bajo el calor. Salmo 127,1-2.3,4-5: R/. ¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos! ¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos! / Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. / Tu mujer, como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos, como renuevos de olivo, / alrededor de tu mesa. / Esta es la bendición del hombre / que teme al Señor: / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén / todos los días de tu vida. Carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,12-21. Hermanos: Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos. Evangelio según San Lucas 2,41-52. Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: - «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» Él les contestó: - « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres. Comentario: Es una fiesta (domingo dentro de la octava de navidad) relativamente joven (celebración opcional en 1893, muy popular en el siglo XIX, sobre todo en Canadá. El papa León XIII lo promovió muchísimo). Hoy tiene un papel especial, en tiempos en que las fuerzas secularizantes son una amenaza clara para la familia. Pablo VI llama resalta un aspecto de la encarnación, en relación con la vida familiar de Cristo en Nazaret: "Sobre todo aquí se hace patente la importancia de tener en cuenta la pintura general de su vida entre nosotros, con su concreto entorno de lugar, tiempo, costumbres, lengua, práctica religiosa". Dios se hizo hombre, trabajador, carpintero e hijo de carpintero, nazareno, cuyos padres eran conocidos en aquel lugar. Le reconocemos como verdadero hombre, pero no perdemos de vista jamás su naturaleza divina. Efectivamente, "adoramos al hijo del Dios vivo que se hizo Hijo en una familia humana". Navidad es un tiempo hogareño, familiar. Y esto tiene una importancia religiosa y psicológica: necesitamos volver a los orígenes, a las raíces, a la familia de cuando en cuando. En el plano espiritual hacemos esto en nuestras celebraciones litúrgicas, renovando nuestros "orígenes sagrados" cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor. La cueva, el pesebre..., allí comenzó todo. Pero el hogar fue el entorno en el que aprendimos la fe por primera vez. Para los judíos de otros tiempos era una obligación sagrada la de volver al hogar y a la familia. Toda la noción del Año Jubilar da testimonio de esto: "Cada uno de vosotros recobrará su propiedad, cada uno de vosotros se reintegrará a su clan" (Lev 25,10). De esta manera, la navidad es una especie de celebración de familia en el plano humano y en el espiritual. El Antiguo Testamento da testimonio de un elevadísimo ideal de vida familiar en el pueblo judío. Aparece claramente esto en la primera lectura de la misma, tomada del Levítico (3,2- 14), que destaca la virtud del amor y de la obediencia filiales. Indudablemente, san Pablo se inspiró en este y en otros textos similares cuando escribió de comunidad y de vida familiar en el Señor. En el Oficio de lecturas tenemos su tratado del capítulo 5 de Efesios, donde habla del amor y de la fidelidad conyugales, de la obediencia mutua, del deber de los hijos para con los padres y de éstos para con aquéllos. La segunda lectura de la misa, tomada del capítulo 3 de la carta a los de Colosas, ofrece un bello ideal no sólo de vida familiar, sino de vida comunitaria en general. La vida familiar es un valor importantísimo, pero no absoluto. Jesús buscó ante todo la voluntad de su Padre. Los lazos familiares estaban subordinados a la misión que él había recibido del Padre. Las lecturas evangélicas para el ciclo trienal aluden de una forma un tanto inquietante a lo que espera a Jesús y a sus padres: él será mal interpretado y perseguido, será "signo de contradicción", y una espada de dolor atravesará el corazón de su madre. "¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?" Y llegará el momento en que Jesús abandone el hogar y a sus padres para adoptar la vida incómoda de un predicador itinerante, sin hogar y sin un lugar donde reclinar su cabeza. No deja de amar a sus padres ni rompe todos los lazos y relaciones con el hogar, pero tiene que distanciarse de la vida segura circunscrita a Nazaret, a fin de entregarse por completo a su misión. Había que establecer nuevas relaciones que trascendieran el parentesco puramente humano. Jesús mismo llegaría a declarar que sus padres y sus hermanos eran los que hacían la voluntad de su Padre. Los seguidores de Jesús están llamados también a dejar la seguridad del hogar y de la familia, a sacrificar todo aquello que es lo más deseable desde una perspectiva humana. Ese es el contenido de toda vocación religiosa o de una vocación que encierra una llamada concreta a seguir a Cristo y a servir a sus hermanos. Es necesario que nos perdamos a nosotros mismos para encontrarnos. Hay que ampliar el horizonte de nuestra familia para abrazar a todos los hombres y mujeres. Esto no significa un frío distanciamiento de nuestra propia parentela, sino la no esclavización en el apego a ellos. Jesús no se distanció de su madre, pues ella le acompañó hasta el final. Nosotros no dejamos o abandonamos a nuestros padres o familiares, sino que establecemos una relación nueva y más profunda con ellos. Porque el Señor, complacido en nuestro sacrificio, nos devolverá, en una forma más profunda y bella, a nuestros padres, hermanos, hermanas y amigos (Vincent Ryan). 1. Si 3,3-7.14-17a. Unos dos siglos antes de Cristo comenzó en Palestina la helenización de las ideas y las costumbres, proceso favorecido por la moda de la clase dirigente, más tarde impuesto por la política de Antíoco Epífanes (175-173). Ben Sirá, el autor del Eclesiástico, se preocupa por todo esto, especialmente de la educación de la juventud y la familia, que siempre ha sido el baluarte de las tradiciones de un pueblo: la obediencia, el respeto a los mayores, la solicitud por los padres que se encuentran en necesidad y confiere a dichas virtudes un valor religioso; hay que aplicar el plan divino a cada momento, hoy vemos necesario acentuar también el respeto que merecen los hijos a los padres y la igualdad de la mujer frente a su marido. Por otra parte, los cristianos debemos acordarnos de la relativización que hizo Jesús de los vínculos familiares en atención a la mayor estima de la nueva solidaridad de los hombres creada por el Evangelio. La familia de Dios está por encima de toda familia meramente humana (“Eucaristía 1986”). El cuarto de los diez mandamientos era muy remarcado en el judaísmo tardío (Prov 19, 26; Rut 1, 16; Tob 4, 3-4), tal como está en la Ley: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra, que Yahveh tu Dios te va a dar" (Ex 20, 12). El anciano Tobías se dirige a su hijo en estos términos: "honra a tu madre y no le des un disgusto en todos los días de tu vida; haz lo que le agrade y no le causes tristeza por ningún motivo. Acuérdate, hijo, de que ella pasó muchos trabajos por ti cuando te llevaba en su seno" (Tb 4,3-4). Según el Eclesiástico, existen varias maneras de borrar los efectos del pecado. Por supuesto, los sacrificios del templo, pero también la limosna (3,30), perdonar a los demás (28,2), ayunar (34,26), evitar el mal (35,3) y la piedad hacia los padres: El que respeta a su madre, acumula tesoros. Tanto aquí como en 1 Tim 6, 19, el verbo "atesorar" se emplea en sentido metafórico, para designar ese cúmulo de buenas obras y de méritos que son fuentes de recompensas (Comentarios, Edic. Marova). En alguna visión judía las tablas de la Ley se dividen en 5 mandamientos dirigidos a Dios y 5 últimos para otros bienes; entre los que se refieren a Dios está el amor a los padres, y es lógico que veamos en ellos especialmente lo que es propio de la persona, ser imagen de Dios. Existen muchas razones humanas para honrar a los padres ya que su vida se perpetúa en la de los hijos, pero el texto insiste más en las razones religiosas: nos transmiten la vida que es don divino, siendo ellos los continuadores de su obra creadora y salvadora. Además el honrar a los padres es fruto del temor a Dios (v. 8), principio y raíz, corona y plenitud de toda sabiduría. Sólo el que teme a Dios, es decir el que se entrega a Dios con un amor real e incondicional, es capaz de valorar, en toda su profundidad, el papel insustituible de los padres. Con su haber, los padres reflejan la paternidad divina. Otros muchos textos bíblicos hablan de los padres: "corona de los ancianos son los nietos, honra de los hijos son los padres" (Pr 17,6), "escucha al padre que te engendró, no desprecies la vejez de tu madre" (Pr 23,22), "hijo mío, no abandones a tu padre mientras viva; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras viva" (Si,3,12s), "honra a tu padre... y no olvides los dolores de tu madre, recuerda que ellos te engendraron, ¿qué les darás por lo que te dieron?" (Si 7,27s). Nuestra sociedad occidental progresa en conocimientos, pero no practica la sabiduría oriental: cariño a los mayores, hospitalidad, escucha atenta de su experiencia... Las palabras de los mayores son, como diría Pr 18,4 "... agua profunda, arroyo que fluye, manantial de sensatez" (A. Gil Modrego). Nuestro cuarto mandamiento (el quinto del decálogo) reza así: "Honra a tu padre y a tu madre". El maestro, asumiendo el papel de padre, instruye al discípulo sobre sus obligaciones con los padres. Aquí, padre y madre son intercambiables (lo que se afirma puede decirse del uno y del otro). Ambos nos transmiten la vida, que es don de Dios. Gracias a esta vida, la historia del pueblo de Dios puede seguir su curso (de ahí la importancia de las genealogías en la biblia). Dios es la fuente de esta vida que transmiten los padres. No darles el honor debido es una ofensa grave contra el Creador. Honra y respeto, los dos términos repetidos, son el mandato que trata de inculcar el maestro al discípulo: conceder a los padres toda la importancia que ellos tienen, sobre todo en los días aciagos de la vejez. Y no sólo de palabras, sino también de obra. Honrar a los padres es fruto del temor de Dios, principio y raíz, corona y plenitud de toda sabiduría. El temor a Dios es ese sentido religioso que impulsa al hombre a guardar los mandamientos y rechazar el pecado. Por eso los que honran a sus padres expían sus pecados y obtienen toda clase de bendiciones. Por transmitirnos la vida, los padres son la imagen de un Dios padre (“Eucaristía 1992”). 2. Salmo 127,1-2.3.4-5: Este salmo hace parte de los "salmos graduales" que los peregrinos cantaban caminando hacia Jerusalén. Desde los 12, cada año, Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. La fórmula final es una "bendición" que los sacerdotes pronunciaban sobre los peregrinos, a su llegada: "Que el Señor te bendiga desde Sión, todos los días de tu vida..." Tenemos en este salmo un idilio encantador de sencillez y frescura. Es el cuadro de la "felicidad en familia", de una familia modesta: allí se practica la piedad (la adoración religiosa... La observancia de las leyes...), el trabajo manual (aun para el intelectual, constituía una dicha, el trabajo de sus manos), y el amor familiar y conyugal... En Israel, era clásico pensar que el hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. Pensamos a veces que esta clase de dichas son materiales y vulgares. Fuimos formados quizá en un espiritualismo desencarnado. El pensamiento bíblico es más realista: afirma que Dios nos hizo para la felicidad, desde aquí abajo... ¿Por qué acomplejarnos si estamos felices? ¿Por qué más bien, "no dar gracias", y desear para todos los hombres la misma felicidad? No se trata tampoco de caer en el exceso contrario, el de los "amigos de Job" que establecían una ecuación casi matemática: ¡Sé piadoso, y serás feliz! ¡Sé malvado, y serás desgraciado! Sabemos, por desgracia, que los justos pueden fracasar y sufrir, y los impíos por el contrario, prosperar. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud. Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!" "¡Feliz tú, que honras al Señor y le eres obediente!" Con frecuencia dijo Jesús: "felices... felices... felices...". Son las Bienaventuranzas. Jesús también prometió la felicidad: "Felices aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica". "Tu mujer... Tus hijos..." Un ideal para la pareja. "Que el hombre no separe lo que ha unido Dios". (Mc 10,2-16...). Conocemos el amor de Jesús hacia los niños. Alusiones místicas: Jesús tiene una esposa, la Iglesia (Ap 19,7; 21,2; Mt 9,15; 25,1; Jn 3,29; 2 Cor 1,2), de la cual tiene hijos que alimenta "junto a la mesa" eucarística... Mediante el "trabajo de sus manos", su pasión dolorosa, los alimentó e hizo felices. La "viña", es también la imagen de la Iglesia, imagen de unión del amor entre Jesús y la humanidad "Yo soy la viña, vosotros los sarmientos.. Dad fruto..." (Jn 15). "Mi hijo, va a trabajar en mi viña". (Mt 21,28). "Veras el bienestar de Jerusalén..." Jesús lloró ante las desgracias de Jerusalén, y le deseó bienestar (Lc 19,41). San Juan anuncia el cielo como "una nueva Jerusalén" que desciende del cielo como una novia feliz (Ap 21,2-27). 3. Col 3,12-21. En Cristo, Dios convoca a su pueblo y a su familia. Es un pueblo en el que ya no hay diferencias entre esclavos y libres, gentiles y judíos, mujeres y hombres..., pues todos somos hermanos en JC que es el Primogénito del Padre. Somos un pueblo "santo", es decir, separado por Dios y para Dios. Pero esta santidad objetiva que todos recibimos en el bautismo al ser constituidos en hijos de Dios, exige la santificación de cada uno de nosotros y la edificación de la comunidad. La comunidad, esto es, la convivencia de los creyentes, se construye si todos ellos procuran tener los mismos sentimientos que Cristo y se revisten de misericordia entrañable, de bondad, de humildad... Pablo señala cinco virtudes fundamentales para la convivencia y las contrapone a otros tantos vicios que la impiden y de los que es preciso despojarse (cf. v. 8). Pero el Apóstol sabe muy bien que siempre habrá pegas y pecados en la vida comunitaria. Por eso será siempre necesario el perdón. También en esto debemos ser imitadores de Cristo, el Señor, que a todos nos ha perdonado. El perdón de Cristo es el fundamento y el motivo del perdón que nos debemos los unos a los otros. El amor es lo que da coherencia y perfección a todas las virtudes. Es también lo que mantiene a todos en la unidad, y la culminación de la vida comunitaria. Sólo cabe desear ahora que los fieles, bien trabados como un solo hombre, reciban la paz a la que han sido convocados. Cristo es "nuestra paz" (Ef 2. 14). Él habita por la fe en el corazón de cada creyente y, por lo tanto, en el corazón de la comunidad. Es aquí donde ejerce su arbitraje, donde engendra y defiende la buena convivencia. Pero Cristo es "aquella paz que el mundo no puede dar", la paz que Dios nos concede graciosamente. Por eso la deseamos y la pedimos, por eso damos gracias a Dios cuando la recibimos. En la eucaristía se expresa toda la riqueza de la convivencia cristiana animada por la presencia de Cristo. Es la fiesta en la que se anticipa el gozo del reino de Dios, que es paz, amor y fraternidad. Pero en esta fiesta no puede faltar la enseñanza mutua y la exhortación, pues la asamblea que la celebra está todavía en camino, y el Señor, que está con nosotros, todavía ha de venir con poder y majestad a reunirnos a todos en la mesa del Reino. Mientras tanto es justo y necesario que lo hagamos todo en nombre de Jesús y dando gracias al Padre por medio de él. En la medida en que cada cristiano habla y actúa en nombre de Jesús, permanece unido a sus hermanos y la comunidad sigue su acción de gracias en asamblea permanente. No hay separación aquí entre el culto y la vida, entre lo sagrado y lo profano. Todo es, todo debe ser, acción de gracias. Con gran facilidad se pasa de la vida en la comunidad a la vida en la familia. También la familia humana es familia de Dios, es Iglesia. También en la familia humana se construye la iglesia y se continúa la acción de gracias al Padre por medio de Cristo. Pablo se dirige a las mujeres y a los maridos, a los padres y a los hijos, y les anima a vivir según conviene "en el Señor". Aunque en el pensamiento de Pablo subyace el esquema de la familia patriarcal, alienta aquí el nuevo espíritu de la fraternidad cristiana. Es interesante ver cómo Pablo señala también los deberes del marido respecto a su mujer y de los padres respecto a sus hijos (“Eucaristía 1986”). La sección Col 3,5-17 parece ser una instrucción ética impartida en el bautismo, mientras que a partir de 3,18 nos encontramos con resonancias de las exhortaciones domésticas usuales en el mundo grecorromano. En los dos casos se trata de exhortar a la vida cristiana práctica y cotidiana. Hay que acomodar la forma de esos mandatos a la cultura de
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