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Mitología

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Fernández de Lizardi, José Joaquín EL PERIQUILLO SARNIENTO 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Fernández de Lizardi,…
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Fernández de Lizardi, José Joaquín EL PERIQUILLO SARNIENTO 2003 - Reservados todos los derechos Permitido el uso sin fines comerciales Fernández de Lizardi, José Joaquín EL PERIQUILLO SARNIENTO TOMO I …Nadie crea que es suyo el retrato, sino que hay muchos diablos que se parecen unos a otros. El que se hallare tiznado, procure lavarse, que esto le importa más que hacer crítica y examen de mi pensamiento, de mi locución, de mi idea, o de los demás defectos de la obra. Torres Villarroel. En su prólogo de la Barca de Aqueronte. PRÓLOGO, DEDICATORIA Y ADVERTENCIAS A LOS LECTORES Señores míos: Una de las cosas que me presentaba dificultad para dar a luz la Vida de Periquillo Sarniento era elegir persona a quien dedicársela, porque yo he visto infinidad de obras, de poco y mucho mérito, adornadas con sus dedicatorias al principio. Esta continuación, o esta costumbre continuada, me hizo creer que algo bueno tenía en sí, pues todos los autores procuraban elegir mecenas o patronos a quienes dedicarles sus tareas, creyendo que el hacerlo así no podía menos que granjearles algún provecho. Me confirmé más en esta idea cuando leí en un librito viejo que ha habido quienes han pactado dedicar una obra a un sujeto, si le daba tanto; otro que dedicó su trabajo a un potentado y después lo consagró a otro con distinto nombre; Tomás Fuller, famoso historiador inglés, que dividía sus obras en muchos tomos, y a cada tomo le solicitaba un magnate; otros que se han dedicado a sí mismos sus producciones, y otros, en fin, que han consentido que el impresor de sus obras se las dedique. En vista de esto decía yo a un amigo: -No, mi obra no puede quedarse sin dedicatoria; eso no, viviendo Carlos. ¿Qué dijera de mí el mundo, al ver que mi obrita no tenía al frente un excelentísimo, ilustrísimo, o, por lo menos, un señor usía que le hubiera acogido bajo su protección? Fuera de que no puede menos que tener cuenta el dedicar un libro a algún grande o rico señor; porque ¿quién ha de ser tan sinvergüenza que deje dedicarse una obra; desempolvar los huesos de sus abuelos; levantar testimonios a sus ascendientes; rastrear sus genealogías; enredarlos con los Pelayos y los Guzmanes; mezclar su sangre con la de los reyes del Oriente; ponderar su ciencia; separarlo enteramente de la común masa de los hombres y divinizarlo en un abrir y cerrar de ojos? Y, por último, ¿quién será –repetía yo al amigo- tan indolente, que viéndose lisonjeado, a roso y a velloso ante faciem populi[1] y no menos que en letras de molde, se maneje con tanta mezquindad que no me costee la impresión, que no me consiga un buen destino, o, cuando todo turbio corra, que no me manifieste su gratitud con una docenita de onzas de oro para una capa, pues no merece menos el ímprobo trabajo de inmortalizar el nombre de un mecenas? -¿Y a quién piensas dedicar tu obrita? –me preguntó mi amigo. -A aquel señor que yo considerase se atreviera a costearme la impresión. -¿Y a cuánto podrán abonar sus costos? –me dijo. -A cuatro mil y ciento y tantos pesos, por ahí, por ahí. -¡Santa Bárbara! –exclamó mi amigo, todo azorado-. ¿Una obrita de cuatro tomitos en cuarto cuesta tanto? -Sí, amigo –le dije-, y ésta es una de las trabas más formidables que han tenido y tendrán los talentos americanos para no lucir, como debieran, en el teatro literario. Los grandes costos que tiene en el reino que lastarse en la impresión de las obras abultadas retraen a muchos de emprenderlas, considerando lo expuestos que están no sólo a no lograr el premio de sus fatigas, sino tal vez a perder hasta su dinero, quedándose inéditas en los estantes muchas preciosidades que darían provecho al público y honor a sus autores. Esta desgracia hace que no haya exportación de ninguna obra impresa aquí, porque haz de cuenta que mi obrita, ya impresa y encuadernada, tiene de costo por lo menos ocho o diez pesos; pues aunque fuera una obra de mérito, ¿cómo había yo de mandar a España un cajón de ejemplares, cuando si aquí es cara, allí lo sería excesivamente? Porque si a diez pesos de costos se agregaban otros dos o tres de fletes, derechos y comisión, ya debería valer sobre trece pesos; para ganar algo en este comercio, era preciso vender los ejemplares a quince o dieciséis pesos, y entonces ¿quién la compraría allá? -¡Válgame Dios! –dijo mi amigo-; ésa es una verdad; pero eso mismo debe retraerte de solicitar mecenas. ¿Quién ha de querer arriesgar su dinero para que imprimas tu obrita? Vamos, no seas tonto, guárdala o quémala, y no pienses en hallar protección, porque primero perderás el juicio. Ya parece que veo que gastas el dinero que no tienes en hacer poner en limpio y con mucha curiosidad tus cuadernos; que echas el ojo para dedicarlos al conde H, creyendo que porque es conde, que porque es rico, que porque es liberal, que porque gasta en un coche cuatro mil pesos, en un caballo quinientos, en un baile mil, en un juego cuanto quiere, admitirá benigno tu agasajo, te dará las gracias, te ofrecerá su protección, te facilitará la imprenta, o te dará, cuando menos, una buena galita, como dijiste. Fiado en esto, vas a su casa, rastreas a sus parientes, indagas su origen, buscas en el diccionario de Moreri alguna gran casa que tenga alusión con su apellido, lo encajas en ella quiera que no quiera, levantas mil testimonios a sus padres, lo haces descender de los godos, y le metes en la cabeza que es de sangre real y pariente muy cercano de los Sigericos, Turismundos, Theudiselos y Athanagildos; a bien que él no los conoció, ni nadie se ha de poner a averiguarlo. Últimamente, y para decirlo de una vez y bien claro, trabajas cuanto puedas para hacerle una barba de primera clase; y ya concluida la dedicatoria, vas muy fruncido y se la pones a sus plantas. Entonces el señor, que ve aquel celemín de papel escrito, y que sólo por no leerlo, si se lo mandaran, daría cualquier dinero, se ríe de tu simpleza. Si está de mal humor, o no te permite entrar a verlo, o te echa noramala luego que penetra tu designio; pero si está de buenas, te da las gracias y te dice que hagas lo que quieras de la dedicatoria; peor que los insurgentes… que las guerras y las actuales críticas circunstancias no le permiten serte útil por entonces para nada. Sales tú de allí todo mohíno, pero no desesperado. Vas y acometes con las mismas diligencias al marqués K, y te pasa lo mismo; ocurres al rico G, y te acontece lo propio; solicitas al canónigo T, ídem; hasta que cansado de andar por todo el alfabeto, y de trabajar inútilmente mil dedicatorias, te aburres y desesperas, y das con tu pobre trabajo en una tienda de aceite y vinagre. Es gana, hijo; los pobres no debemos ser escritores, ni emprender ninguna tarea que cueste dinero. Cabizbajo estaba yo oyendo a mi amigo con demasiada confusión y tristeza, y luego que acabó le dije, arrancando un suspiro de lo más escondido de mi pecho: -¡Ay, hermano de mi alma! Tú me has dado un desengaño, pero al mismo tiempo una gran pesadumbre. Sí, tú me has abierto los ojos estrellándome en ellos una porción de verdades que por desgracia son irrefragables; y lo peor es que todo ello para en que yo pierdo mi trabajo; pues aunque soy limitado y, por lo mismo, de mis tareas no se puede esperar ninguna cosa sublime, sino bastante humilde y trivial, créeme, esta obrita me ha costado algún trabajo, y tanto más cuanto que soy un chambón y la he trabajado sin herramienta. -Esto lo dirás por la falta de libros. -Por eso lo digo; ya verás que esto ha multiplicado mis afanes; y será buen dolor que después de desvelarme, de andar buscando un libro prestado por allí y otro por acullá, después de tener que consultar esto, que indagar aquello, que escribir, que borrar algo, etc., cuando yo esperaba socorrer de algún modo mis pobrerías con esta obrita, se me quede en el cuerpo por falta de protección… ¡voto a los diablos!, más valía que se me hubieran quedado treinta purgas y veinte lavativas… -Calla –me dijo mi amigo-, que yo te voy a proponer unos mecenas que seguramente te costearán la impresión. -¡Ay, hombre! ¿Quiénes son?-preguntéle lleno de gusto. -Los lectores –me respondió el amigo-. ¿A quiénes con más justicia debes dedicar tus tareas, sino a los que leen las obras a costa de su dinero? Pues ellos son los que costean la impresión, y por lo mismo sus mecenas más seguros. Conque aliénate, no seas bobo, dedícales a ellos tu trabajo y saldrás del cuidado. Le di las gracias a mi amigo; él se fue; yo tomé su consejo, y me propuse, desde aquel momento, dedicaros, señores lectores, la Vida del tan mentado Periquillo Sarniento, como lo hago. Pero, a usanza de las dedicatorias y a fuer de lisonjero o agradecido, yo debo tributaros los más dignos elogios, asegurado de que no se ofenderá vuestra modestia. Y entrando al ancho campo de vuestros timbres y virtudes, ¿qué diré de vuestra ilustrísima cuna, sino que es la más antigua y llena de felicidades en su origen, pues descendéis no menos que del primer monarca del universo? ¿Qué diré de vuestras gloriosas hazañas, sino que son tales, que son imponderables e insabibles? ¿Qué, de vuestros títulos y dictados, sino que sois y podéis ser, no sólo tú ni vos, sino usías, ilustrísimos, reverendísimos, excelentísimos y qué sé yo, si eminentísimos, serenísimos, altezas y majestades? Y, en virtud de esto, ¿quién será bastante a ponderar vuestra grandeza y dignidad? ¿Quién elogiará dignamente vuestros méritos? ¿Quién podrá hacer ni aun el diseño de vuestra virtud y vuestra ciencia? ¿Ni quién, por último podrá numerar los retumbantes apellidos de vuestras ilustres casas, ni las águilas, tigres, leones, perros y gatos que ocupan los cuarteles de vuestras armas? Muy bien sé que descendéis de un ingrato, y que tenéis relaciones de parentesco con los Caínes fratricidas, con los idólatras Nabucos, con las prostitutas Dalilas, con los sacrílegos Baltasares, con los malditos Canes, con los traidores Judas, con los pérfidos Sinones, con los Cacos ladrones, con los herejes Arrios, y con una multitud de pícaros y pícaras que han vivido y aún viven en el mismo mundo que nosotros. Sé que acaso seréis, algunos, plebeyos, indios, mulatos, negros, viciosos, tontos y majaderos. Pero no me toca acordaros nada de esto, cuando trato de captar vuestra benevolencia y afición a la obra que os dedico; ni menos trato de separarme un punto del camino trillado de mis maestros los dedicadores, a quienes observo desentenderse de los vicios y defectos de sus mecenas, y acordarse sólo de las virtudes y lustre que tienen para repetírselos y exagerárselos. Esto es, ¡oh serenísimos lectores!, lo que yo hago al dedicaros esta pequeña obrita que os ofrezco como tributo debido a vuestros reales… méritos. Dignáos, pues, acogerla favorablemente, comprando, cada uno, seis o siete capítulos cada día y subscribiéndoos por cinco o seis ejemplares a lo menos, aunque después os déis a Barrabás por haber empleado vuestro dinero en una cosa tan friona y fastidiosa; aunque me critiquéis de arriba abajo, y aunque hagáis cartuchos o servilletas con los libros; que como costeéis la impresión con algunos polvos de añadidura, jamás me arrepentiré de haber seguido el consejo de mi amigo; antes desde ahora, para entonces y desde entonces para ahora, os escojo y elijo para únicos mecenas y protectores de cuantos mamarrachos escribiere, llenándoos de alabanzas como ahora, y pidiendo a Dios que os guarde muchos años, os dé dinero, y os permita emplearlo en beneficio de los autores, impresores, papeleros, comerciantes, encuadernadores y demás dependientes de vuestro gusto. Señores… etc. Vuestro… etc. El Pensador EL PROLOGO DE PERIQUILLO SARNIENTO Cuando escribo mi vida, es sólo con la sana intención de que mis hijos se instruyan en las materias sobre que les hablo. No quisiera que salieran estos cuadernos de sus manos, y así se los encargo; pero como no sé si me obedecerán, ni si se les antojará andar prestándolas a éste y al otro, me veo precisado (para que no anden royendo mis podridos huesos, ni levantándome falsos testimonios) a hacer yo mismo, y sin fiarme de nadie, una especie de Prólogo; porque los prólogos son tapaboca de los necios y maliciosos, y al mismo tiempo son, como dijo no sé quién, unos remedios anticipados de los libros, y en virtud de esto digo: que esta obrita no es para los sabios, porque éstos no necesitan de mis pobres lecciones; pero sí puede ser útil para algunos muchachos que carezcan, tal vez, de mejores obras en que aprender, o también para algunos jóvenes (o no jóvenes) que sean amigos de leer novelitas y comedias; y como pueden faltarles o no tenerlas a mano algún día, no dejarán de entretenerse y pasar el rato con la lectura de mi vida descarriada. En ella presento a mis hijos muchos de los escollos en donde más frecuentemente se estrella la mocedad cuando no se sabe dirigir o desprecia los avisos de los pilotos experimentados. Si les manifiesto mis vicios no es por lisonjearme de haberlos contraído, sino por enseñarles a que los huyan pintándoles su deformidad; y del mismo modo, cuando les refiero tal o cual acción buena que he practicado, no es por granjearme su aplauso, sino por enamorarlos de la virtud. Por iguales razones expongo a su vista y a su consideración vicios y virtudes de diferentes personas con quienes he tratado, debiendo persuadirse a que casi todos cuantos pasajes refiero son ciertos, y nada tienen de disimulado y fingido sino los nombres, que los he procurado disfrazar por respeto a las familias que hoy viven. Pero no por esto juzgue ninguno que yo lo retrato; hagan cuenta en hora buena que no ha pasado nada de cuanto digo, y que todo es ficción de mi fantasía; yo les perdonaré de buena gana el que duden de mi verdad, con tal que no me calumnien de un satírico mordaz. Si se halla en mi obrita alguna sátira picante, no es mi intención zaherir con ella más que al vicio, dejando inmunes las personas, según el amigo Marcial: Hunc servare modum nostri novere libelli. Parcere personis, dicere de vitiis. Así pues, no hay que pensar que cuando hablo de algún vicio retrato a persona alguna, ni aun con el pensamiento, porque el único que tengo es de que deteste el tal vicio la persona que lo tenga, sea cual fuere, y hasta aquí nada le hallo a esta práctica ni a este deseo de reprensible. Mucho menos que no escribo para todos, sino sólo para mis hijos, que son los que más me interesan, y a quienes tengo obligación de enseñar. Pero aun cuando todo el mundo lea mi obra, nadie tiene que mosquearse cuando vea pintado el vicio que comete, ni atribuir entonces a malicia mía lo que en la realidad es perversidad suya. Este modo de criticar, o, por mejor decir, de murmurar a los autores, es muy antiguo, y siempre ejercitado por los malos. El Padre San Jerónimo se quejaba de él, por las imposturas de Onaso, a quien decía: Si yo hablo de los que tienen las narices podridas y hablan gangoso, ¿por qué habéis de reclamar luego y decir que lo he dicho por vos? De la misma manera digo: si en esta mi obrita hablo de los malos jueces, de los escribanos criminalistas, de los abogados embrolladores, de los médicos desaplicados, de los padres de familia indolentes, etc., ¿por qué al momento han de saltar contra mí los jueces, escribanos, letrados, médicos y demás, diciendo que hablo mal de ellos o de sus facultades? Esto será una injusticia y una bobería, pues al que se queja algo le duele, y en este caso, mejor es no darse por entendido, que acusarse, sin que haya quien le pregunte por el pie de que cojea. Comencé al principio a mezclar en mi obrita algunas sentencias y versos latinos; y sin embargo de que los doy traducidos a nuestro idioma, he procurado economizarlos en lo restante de mi dicha obra; porque pregunté sobre esto al señor Muratori, y me dijo que los latines son los tropezones de los libros para los que no los entienden. El método y el estilo que observo en lo que escribo es el mío natural y el que menos trabajo me ha costado, satisfecho de que la mejor elocuencia es la que más persuade, y la que se conforma más naturalmente con la clase de la obra que se trabaja. No dudo que así por mi escaso talento, como por haber escrito casi currente cálamo, abundará la presente en mil defectos, que darán materia para ejercitarse la crítica menos escrupulosa. Si así fuere, yo prometo escuchar a los sabios con resignación, agradeciéndoles sus lecciones a pesar de mi amor propio, que no quisiera dar obra alguna que no mereciera las más generales alabanzas; aunque me endulza este sinsabor saber que pocas obras habrá en el orbe literario que carezcan de lunares en medio de sus más resplandecientes bellezas. En el astro más luminoso que nos vivifica, encuentran manchas los astrónomos. En fin, tengo un consuelo, y es que mis escritos precisamente agradarán a mis hijos, para quienes, en primer lugar, los trabajé, si a los demás no les acomodare, sentiré que la obra no corresponda a mis deseos, pudiendo decir a cada uno de mis lectores lo que Ovidio a su amigo Pisón: “Si mis escritos no merecen tu alabanza, a lo menos yo quise que fueran dignos de ella. De esta buena intención me lisonjeo, que no de mi obra.” Quod si digna tua minus est mea pagina laude At voluisse sat est: animum, non carmina, jacto. ADVERTENCIAS GENERALES A LOS LECTORES Estamos entendidos de que no es uso adornar con notas ni textos de esta clase de obras romanescas, en las que debe tener más parte la acción que la moralidad explicada, no siendo, además, susceptibles de una frecuente erudición; pero como la idea de nuestro autor no sólo fue contar su vida, sino instruir cuanto pudiera a sus hijos, de ahí es lo que no escasea las digresiones que le parecen oportunas en el discurso de su obra, aunque (a mi parecer) no son muy repetidas, inconexas ni enfadosas. Yo, coincidiendo con su modo de pensar, y en obsequio de la amistad que le profesé, he procurado ilustrarla con algunas que pienso concurren a su misma intención. Al propio tiempo, para ahorrar a los lectores menos instruidos los tropezones de los latines, como él recuerda, dejo la traducción castellana en su lugar, y unas veces pongo el texto original entre las notas; otras sólo las citas, y algunas veces lo omito enteramente. De manera, que el lector en romance nada tiene que interrumpir con la secuela de la lectura, y el lector latino acaso se agradará de leer lo mismo en su idioma original. Periquillo, sin embargo de la economía que ofrece, no deja de corroborar sus opiniones con la doctrina de los poetas y filósofos paganos. En uso de las facultades que él me dio para que corrigiera, quitara o añadiera lo que me pareciera en su obrita, pude haberle suprimido todos los textos y autoridades dichas; pero cuando batallaba con la duda de lo que debía de hacer, leí un párrafo del eruditísimo Jamin que vino a mi propósito, y dice así: “He sacado mis reflexiones de los filósofos profanos, sin omitir tampoco el testimonio de los poetas, persuadido a que el testimonio de éstos… aunque voluptuosos por lo común, establecía la severidad de las costumbres de un modo más fuerte y victorioso que el de los filósofos, de quienes hay motivo de sospechar que sola la vanidad les ha movido a establecer la austeridad de las máximas en el seno de una religión supersticiosa, que al mismo tiempo lisonjeaba todas las pasiones. En efecto, al oír a un escritor voluptuoso hablar con elogio de la pureza de las costumbres, se evidenciará que únicamente la fuerza de la verdad ha podido arrancar de su boca tan brillante testimonio.” Hasta aquí el célebre autor citado, en el párrafo XX del prefacio a su libro titulado El fruto de mis lecturas. Ahora digo: si un joven voluptuoso, o un viejo apelmazado con los vicios, ve estos mismos reprendidos, y las virtudes contrarias elogiadas, no en boca de los anacoretas y padres del yermo, sino en la de unos hombres sin religión perfecta, sin virtud sólida y sin la luz del Evangelio, ¿no es preciso que forme un concepto muy ventajoso de las virtudes morales? ¿No es creíble que se avergüence al ver reprendidos y ridiculizados
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